lunes, 17 de abril de 2017

Lucca Paccagna - Toreador en Vampiro Edad Oscura

Aquí comparto la historia de un personaje que hice para una partida de Edad Oscura.




Este es el milagro del Caos,
El vampiro, en el cine
volverá a ver el Sol.

Luca nació en 1148 en Borgo Val di Taro, en la actual provincia de Parma. Hijo del rico comerciante Gaspare Paccana y su joven esposa Alda Marengo, siendo el menor de los cinco hijos del matrimonio.

Desde pequeño sintió una gran fascinación y aptitud hacía la pintura, en especial las manifestaciones del Románico que podían admirarse en el monasterio de la localidad y aquellas otras que gustaba de visitar cuando acompañaba a su padre en su viajes de trabajo. Fue por esto, y por su solvencia económica, que sus padres pudieron permitirse enviarlo al servicio del maestro Mancini que se encargaría de transmitirle las técnicas y enseñanzas del oficio de pintor.

Ya desde un primer momento demuestra una gran capacidad para asimilar e imitar las técnicas ajenas, así como un afán de innovación. Sus años de aprendizaje se verán cumplidos cuando realiza unos frescos en la reformada catedral de Parma, encontrándose esta aun sin acabar. Este es el comienzo de su trayectoria profesional, donde principalmente se dedica a la pintura para edificaciones sacras. En sus viajes y posterior aprendizaje disfruta aprendiendo y conociendo las distintas variaciones locales  de la pintura románica y sus precursoras, especialmente la pintura carolingia.

Es debido a su condición de artista que llegará a tener conocimiento de los mecenazgo ofrecidos por la dama Hildegarda, una rica y viuda dama de Francia con gran interés en el arte. Se comunican a través de intermediarios y correspondencia, encontrando Luca realmente interesante el peculiar estilo antiguo y a veces fantasioso de ella.

En 1178, contando Luca con 30 años, recibe el que podría ser el encargo más importante de su carrera pues le es asignada la realización de un retablo para la catedral de Parma cuya fachada se termina este año. Recibe también aviso de su ya anciano padre para que acuda a visitarlo, pues teme que sus días están llegando a su fin y le preocupa el hecho de que Luca haya desatendido facetas tan importantes de la vida como buscar una esposa, tal vez demasiado ensimismado por la pintura.

La correspondencia con Hidegarda prosigue con normalidad y Luca decide realizar un viaje a Borgo Val di Taro, lugar al que ha vuelto su padre para disfrutar de su retiro, para poner en orden sus asuntos familiares, a la vez que formaliza una audiencia con Hildegarda que ha de realizarse a su regreso.

Los días en Borgo transcurren con placidez. Sin embargo, en cuestión de un par de días lo que parecía un simple moquear para un par de aldeanos se transforma en una virulenta epidemia de fiebres, a la que se puede decir que la totalidad del pueblo sucumbe.
La madrugada del segundo día que Luca pasa en cama sumido en la fiebre irrumpen en su casa dos desconocidos que se lo llevan con premura. Para los registros de la historia Luca Paccagna murió aquella noche víctima de la fiebre como más de tres cuartos de los habitantes del pueblo.

Un tiempo indeterminado después, Luca despierta en una lujosa alcoba en algún lugar de Italia, a su lado todo tipo de ungüentos y exóticas medicinas. Antes de que pueda reaccionar, los dos desconocidos entran por la puerta llevando unos exquisitos ropajes y un barbero. Sus explicaciones son incompletas pero concisas y algo frustrantes, así que llega a hacerse una idea de cómo ha llegado hasta aquí. Sabe que en un momento deberá presentarse ante la dama Hildegarda.

Ataviado con las mejores galas, un corte de pelo y un buen arreglo de barba desciende las escaleras hasta encontrarse en una habitación débilmente iluminada con Hildegarda. Su rostro es el de una mujer que acaba de entrar en la madurez pero por sus ojos parece haber pasado más de un siglo, la situación es tan extraña para Luca que se pregunta si será parte de las fiebres o ya ha sucumbido a ellas y se trata de una prueba antes de presentarse ante San Pedro.

Ella se presenta, casi no le deja hablar, le cuenta cosas que va hilando con nombres, historias que no conoce y en un momento se acerca hacía él lo agarra con una fuerza inusitada y lo abraza.

Lo siguiente que recuerda Luca es una sensación que recorrió su cuerpo, mil veces peor que cualquier fiebre, enfriándolo como la escarcha para después sentirse como el hombre que vuelve a la superficie después de haber caído en la negrura de un pozo, aunque para no volver a respirar... Dicen que aquella noche después de haber bebido la sangre de una doncella montó desnudo a lomos de un caballo mientras gritaba el nombre de Jerusalén. Desde luego sus comienzos en la Estirpe no fueron fáciles.

En las noches que siguieron Hildegarda le contó todo lo que estimo necesario sobre la vías cainitas a Luca, y por supuesto sobre los Toreador pues así descubrió que se llamaba su linaje. Desde el principio la maldición del corazón muerto se hizo palpable para Luca, pues con horror descubrió que en su no vida había perdido la que quizás había sido una de sus más queridas posesiones, la capacidad de innovar. Su pintura se volvió rutinaria, insulsa, incluso mejoró técnicamente. pero se marchitó, estaba muerta. Solo esa extraña fascinación por la pintura que ahora se había potenciado le recordaba que alguna vez había estado vivo.

Pasaron los años bajo la tutela de su sire y Luca tuvo claro que nunca se convertiría en un viejo rechoncho acuciado por la gota como lo fue su padre. Se alguna manera su cuerpo se había quedado en los treinta años pero su mente seguía cambiando, volviéndose más astuto. El juego social de los vampiros le fue evidente desde un principio, y encontró para su desagrado como muchos de ellos seguían impostando su humanidad y es más, practicando un doble juego, pues por un lado parecían anhelarla y por otro la trataban con un soberbio desdén. Hasta aquellos vástagos que se deleitaban en su actual inhumanidad a sus ojos no habían conseguido alejarse ni un paso de la sombra del hombre, pues la raíz de lo que conformaba sus nuevos valores ya habitaba en el corazón de las gentes. Así pues, la razón en su cuerpo muerto le dictó que debía servir a las virtudes humanas y que si antes tenía la obligación de vivir hasta que la muerte le alcanzase, la actual era la de presentarse ante la mirada del Altísimo en el Día del Juicio y ser merecedor de su perdón.

Pero Luca no era un hombre estúpido, pronto descubre la importancia de los criados, cómo a través de ellos puede solucionar muchas tareas, incluso la molestia de alimentarse, cómo puede seguir en contacto con la pintura y los artistas, aprender y seguir sintiéndose vivo a través del arte, tutelando y vinculando a nuevas promesas. Incluso descubre una afición que jamás pensó que llegaría a desarrollar. La  maldición de Caín incluye algunos dones especiales, dones que son la materia de muchas leyendas y de los que muchos linajes de vampiros tienen sus propias variaciones. Es el estudio de estas herramientas las que quizás le permitan mantenerse el tiempo suficiente en el tablero de juego, rechazando únicamente aquellos de naturaleza perversa, que afectan física y espiritualmente a quienes los practican.


Cerca de 1208, una de las enseñanzas de Hildegarda se hace realidad, ella que contaba como la civilización se preparó para el fin del mundo en el año 1000 y que explicaba lo turbulento de los tiempos que acaecieron y como aquellas circunstancias fueron suficientes para disparar acontecimientos que llevaron a muchos vástagos a su fin del mundo particular. Un día desapareció, oficialmente se esfumó, aunque se rumorea que fue una conspiración La Sombra. En cualquier caso fue otra lección de realismo para Luca que sin proponérselo ya había visto 60 inviernos, aunque deseaba llegar a ver de todos el último.